Cold War

Acudí a este árido film polaco sobre el amor imposible durante la postguerra, atraído por las muchas estrellas de las críticas. Atraído y ciego, según la costumbre, con lo cual la sorpresa fue mayúscula al constatar que el film era, no sólo al principio a modo de trapantojo del director (uno piensa que la acrobacia durará poco), sino todo él, en blanco y negro.

Una película poética, sugerente hasta el dolor, misteriosa, dura, trágica y desnuda, pero preciosamente iluminada, del director de Ida, Pawel Pawlikowski. Alguien que es de otra época, de esos míticos años 40 (el clasicismo mágico). Los matices y la paleta que se pueden extraer del blanco y negro pueden ser inimaginables para los modernos catetos del technicolor como yo. Imágenes y composiciones sublimes. Arte.

Qué belleza sobre los amores difíciles, titula Boyero, sobre los amores imposibles subrayaría yo, como esos besos filmados igual que un estrangulamiento de Hitchcock. Por mucho que le gustara hacernos sufrir, Hitchcock era un romántico, como lo es Pawlikowski. Otra vez el cine clásico presente.

Dos seres que se atraen, que se siguen y persiguen, explosionan, sufren y tratan de acostumbrarse a la terrible represión de la época. Ambos tendrán amantes, otras parejas, pero seguirán soñando con sus furtivos reencuentros, con algo tan imposible como la continuidad, un futuro juntos. Y surgirán las broncas, los celos, el enloquecimiento, la desolación y  la certeza de que la vida no vale nada si no pueden estar juntos.

La música, la mayoría música popular polaca, es otro protagonista de la película. Maravillosa hasta estremecer, a pesar del choque inicial.

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Corporate (Nicolas Silhol, 2016)

Emilie (Céline Sallette) ha sido contratada cono jefa de RR.HH. por su superior, Lambert Wilson (espeluznante su parecido a Ed Harris en el Show de Truman), en una multinacional francesa. Su misión es conseguir que los empleados ‘prescindibles’ renuncien ellos mismos al trabajo, mediante indecentes prácticas de mobbing, de forma que la multinacional no sea acusada de despedir a cientos de trabajadores.

Emilie lleva a cabo su trabajo sin remordimientos, ni problemas morales, hasta que un día uno de sus empleados se suicida saltando desde la ventana de su oficina. El trágico suceso en un principio no parece afectarle, hasta que comienza una investigación en la que la principal sospechosa es ella misma, lo que la forzará a enfrentarse a su jefe. Su evolución es lenta, progresiva, hasta el día que precisa vomitar todo delante de su marido, mediante un juego de rol entrevistadora-candidato, entonces Emilie comienza a tomar conciencia de lo repugnante de su actitud y de la manipulación despiadada de la empresa.

Todos, somos manipulables, y somos in facto manipulados. Por un lado, por los medios de comunicación que nos anestesian y, dominados por el poder económico, nos dicen lo que quieren que oigamos, aniquilando así el pensamiento crítico, como decía recientemente Jose Luis Sampedro.  ‘No estamos educados para pensar’, abofetea Sampedro. Y también mangoneados por la zanahoria que tenemos que morder para llegar a final de mes, y nos obliga a callar, condescender y soportar ese tipo de esclavismo. ‘Esclavo libre’ he puesto en mi estado de whatsapp

Película sin alardes, ni florituras,  colores sobrios (el gris y el negro parecen alinearse con la alienación) y sin música molestas o a destiempo. 5,9 en filmaffinity

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Tres anuncios en las afueras

Francis McDormand preside toda la película. Cada mirada seca o gesto contenido suyos congela la cámara e inclina la acción hacia sus propósitos, igual que un Iniesta inspirado cuando acaricia el balón, lo esconde, se gira y el estadio entero rota a su alrededor.

Aparentemente impasible, cómo si fuera John Wayne, la actriz dirige la orquesta con una ligera elevación de mandíbula o de cejas y maneja a su antojo a los personajes que la cicundan. En su empeño por descubrir al asesino y violador de su hija, decide publicitar, y así exponer, la negligencia de la policía de Ebbing (Misuri), mediante tres anuncios en rojo (violación) en una carretera perdida del extrarradio, a pesar de que el jefe policial, Woody Harrelson, se halle en fase terminal, lo que la granjeará la enemistad de prácticamente todo el pueblo.

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En un pueblo sureño, sumergido en la santa Trinidad de los prejuicios: machismo, homofobia y xenofobia, estos afloran a la superficie al mínimo arañazo. Hay cierto aire de western, del tomarse la justicia por cuenta de uno y del irreductible empeño humano de hacer justicia y si hay desenfundar, se desenfunda.

Los avances, si los hubiera, en el esclarecimiento del caso del asesinato de su hija quedan relegados a otro ámbito, de hecho no inciden en la trama, como si fueran un Mcguffin. En un momento de la película, el expediente del caso cae a los pies de la protagonista, sin que sepamos qué hizo con él….O sí.La escena final no descarta ninguna posibilidad. Parece un final forzado por la urgencia de poner The end al final. La película podía haber durado una hora más o dos, en realidad no hay ni información previa ni progresos respecto al crimen. Lo que importan son otras cosas, otros territorios, aunque estas sean forzadas o se vayan diluyendo.

Quizá sea el guión, algunos diálogos brillantes, acaso antinaturales, personajes poco creíbles (el exmarido  y su novia adolescente) o esa cuidada estética lo que haga que el desenlace y la historia zigzaguee unos días después. Baches del guión, Menos de lo que parece, según Boyero “en esta pretenciosa y juguetona película. Pero no me fascina. Por muchos oscars que le puedan otorgar·.

Es la nueva corriente del teatro de la crueldad (In -yer-face), en donde destaca lo violento y lo grotesco para captar la atención del espectador golpeando sus sentimientos más primitivos. Por la forma en la que muere la joven que desencadena toda la historia, por la manera en la que se despide de su madre y por esos personajes retorcidos iconos del odio: el exmarido maltratador, el policía incompetente y colérico, el asesino morboso. El directr Martin McDonagh es uno de sus precursores.

La película ha obtenido 7 nominaciones al Óscar (incluida mejor película y mejor actriz) y 4 Globos de Oro: mejor película dramática, mejor guión, mejor actriz y mejor actor de reparto (Sam Rockwell).

And the Oscar goes to…Frances McDormand!!

Perfectos desconocidos (Alex de la Iglesia)

La divertida comedia de Alex de la Iglesia, remake de “Perfetti sconosciuti” (Paolo Genovese, 2016), te engancha a los 5 minutos con ese ritmo fluido y pulso in crescendo. Rodada con agilidad en apenas un par de escenarios, ‘la soga‘ (rodada en una sola toma, sin cortes) parecía golpear tras las paredes. En una cena de cuatro parejas, que se conocen de toda la vida, muchas y turbias cosas ocultas irán aflorando a partir de un curioso juego que desvelará sus peores secretos: leer en voz alta los mensajes y responder las llamadas que reciban en sus móviles durante la cena.

Ese final forzado, de película claro, resulta antinatural y poco creíble alterando ese ritmo dinámico de la película. A veces nos empeñamos en rematar con una guinda final algo que de por sí ya es meritorio. Cómo previo al clímax, el asunto de los pendientes ya es gran logro. En esa línea, algo más natural y como desenlace lógico de la trama hubiera bastado. Si fuera Billy Wilder me preguntaría, claro está ¿Cómo lo hubiera rematado Lubitssh? pero no dispuse, cegato de mį, esa cabecera en mi blog. Ay el toque Lubitsch que bien le hubiera venido al señor de la Iglesia.

El gran villano no es el p… móvil , como criticaba José Mota. No se le debe considerar el culpable de nuestras bajezas, de pensamiento obra u omisión, es sólo un mero chivato. Fidelidad, lealtad y veracidad parecen hoy día un trío descarriado … aunque yo también quiero ser analógico:

“El móvil, el puto móvil. Nos da mucho, pero nos quita más. Se ha convertido en algo inquietante. Sirve para comunicarnos de lejos, pero de cerca nos incomunica por completo. Quiero seguir siendo analógico; lo digital nos está devorando, quiero tocar físicamente, quiero la imperfección del ser humano. Parte de la culpa de la pérdida de la magia en el cine la tiene el puñetero ordenador” (J.Mota)

A destacar Eduard Fernández, fantástico en sus gestos, miradas, en su tono comedido del casi perfecto conocido (siempre hay un casi, nobody is perfect). Sobresalientes Ernesto Alterio en su papel de cínico cabrón falseras tirando a repugnante y Belén Rueda como Superwoman agobiada, que tira de la cadena antes de acabar de hacer pis. Y, con poca nota, Eduardo Noriega, que se ha quedado en ese rol de chulito guapito de cara de ‘Cha cha chá‘.

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El autor (Manuel Martín Cuenca, 2017)

“Vivir, mirar, escuchar”, le impelen como catecismo vital a un gris oficial de notaría empeñado en escribir literatura “de verdad”. Carece de talento (todos somos ciudadanos de segunda, decìa John Ford), pero su obcecado anhelo le lleva a cruzar ciertas lineas rojas.

Adaptación de la primera novela de Javier Cercas El móvil, 1987, en la que Álvaro, un escritor en busca desesperada de una trama, comienza a indagar a sus vecinos: unos recién casados en apuros económicos, un jubilado adinerado y una portera cotilla ideal para sonsacarle miserias. Sorprendentemente, lo que persigue se va cumpliendo y la ficción se impulsa a partir de la realidad. El autor en ciernes – desnudo y vacío dentro de un piso desnudo y vacío -traspasa la línea y comienza a manipular como marionetas a sus vecinos, sus personajes, para tejer una historia real que supera a la ficción….

Todo un reto conseguir, en la primera parte de la película, que observar y escuchar la cotidianidad de unos vecinos nada estrafalarios estimule e intrigue al espectador. Pero el tedio se rompe gracias a A. De la Torre, magistral en su papel de tutor literario, arrastrando con sus palabras al bisoño autor, como si fuera un Quijote contemporáneo.

Fantástico Javier Gutiérrez. Es y será su papel, el del ciudadano de segunda que quiere mudar de piel y sueña con ser otro: un escritor apasionado, que teclea con el corazón, …al menos con ese dedo. Por fin de gregario a jefe de filas.

Dos peros: por qué ubicarla en Sevilla si los protas y secundarios no hablan sevillano, excepto María León que, sin embargo, está floja: su personaje de atractiva autora de éxito no resulta creíble.

Final desconcertante, fundido en blanco.

La librería (Isabel Coixet, 2017)

Empiezo por el final: “Para John Berger“.

Intelectual íntimo y militante por la vida y la literatura, Berger nunca dejó de estar comprometido. Fallecido recientemente, era uno de los pocos sabios que quedaban en Europa. “Hace 20 años que le conozco… No puedo hablar de él en pasado. Su presencia es un billón de veces más fuerte que su ausencia”, decía la directora.

Adaptación de la homónima novela de Penelope Fitzgerald, La librería cuenta cómo una viuda de guerra se empeña en abrir la primera librería en un pueblo costero del norte de Inglaterra con escasa pasión por la lectura y en contra de los poderosos del pueblo. Las cosas, la vida en general transcurre sin sobresaltos, el tiempo parece detenido al principio y uno no ubica los años (1959) hasta la aparición en pantalla el primer coche de época. La librera será ayudada, en su laboriosa misión, por una imaginativa y pragmática niña y mantendrá un peculiar contacto, mediante misivas, con un misántropo anciano que lleva 45 años encerrado en su mansión

La película retrata el mundo de los libros. Cocinada a fuego lento, sin prisas, y amansada por una música exquisita, se enfoca al inicio en las cosas pequeñas, como el olor y el tacto de los libros o los estados de ánimo de los personajes. En los personajes y los sentimientos que habitan los libros siempre ocurren cosas. Y deja lo grueso para después, para cuando tienen que suceder las cosas grandes. Deliciosa, de emoción acorazada he leído por ahí, de esas que se descalifican por ‘lentas’, como si la longitud fuera a la par de las sensaciones o al impacto emocional, pero que conmueven por su tono, su delicadeza, su capacidad de sugerir, o no se sabe porqué, acaso por silencios o por esas palabras abandonadas de la palabrera

Bill Nighy está maravilloso lanzando misiles verbales al abordaje del Establishment de la época encarnado por Patricia Clarkson. “Muestra una economía gestual entre Buster Keaton y Richard Burton. Sonríe poco, pero, cuando lo hace, es como si el cielo se abriera“, según Coixet.

Hay una luz prodigiosa que retrata el paisaje entre apacible y borrascoso, ajeno al sol, de la costa norirlandesa y una música (Alfonso de Vilallonga) conmovedora, a tono con la peli, que obliga a los asistentes a permanecer sentados, y así esquivar esa mala costumbre, durante los títulos de crédito.

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